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Mirando atrás

Lo hago a menudo, me gusta, es como mirarse al espejo, pero mucho más profundo.

Hace un año estaba en un funeral, antes de ser siquiera saber todo lo qué había pasado, parece que ya lo untuía.

Hace dos estaba como ahora, pero en la ciudad de Shakespeare , con antiguos enemigos, – quizás tengas razón, nunca cambiaré -, sólo que esta vez el reino ya no me pertenece, creo que lo conquistaron.

Mis palabras aquí no tienen más recuerdos, aunque yo sí los tenga. Me gusta mirar atrás.

Renacer

Leía un artículo … de alguien a quien alguna vez me ha parecido seguir los pasos, decía:

Tú moriste en Italia. Regresaste.

Se llamaba Renacer.

Espero que no le importe que use sus palabras para empezar a escribir, ya que por un momento me pareció que hablaba de mí. Y espero que no os importe que escriba – otra vez – de modo muy personal. Pero sobre todo, si os importa, simplemente dejad de leer.

Hoy hace un año que empece a morir, hoy hace un año que cogió el teléfono y oí esas palabras que nunca creía que me diría: “He hecho algo horrible”. Mi muerte fue lenta y dolorosa, muy lenta, pero más dolorosa aún. Me negaba a morir y prolongaba mi agonía, creía que tenía que ser fuerte, que tenía que sobrevivir – siempre fuí una luchadora -, que si lo hacía, que si conseguía asimilar todo ese dolor podría levantarme aún más fuerte, podría seguir teniéndolo todo y podría, de nuevo, ser feliz. Me equivoqué.

El fuego me robaba todo el oxígeno, no podía apagarlo, pero tampoco me quise quemar, así que me aparté y cerré los ojos. Fue entonces cuando apareció él, fénix entre las cenizas. Fue un espejismo entre el calor, pero me dio la suficiente vida como para no morir. Me dio a partes iguales lo nuevo y lo que tenía, y creí que esto le daría el sentido a todo. Me equivoqué.

Regresé, y todavía en mi agonía, cuando todo había ardido, intenté coger las cenizas y montar con ellas de nuevo todo lo perdido. De la misma forma, del mismo modo, con cuidado, sin prisa pero sin pausa, olvidando que seguía muriendo, que seguía doliendo más de lo que podía soportar, y que sólo prolongaba lo inevitable. Quise recuperarlo todo, creyendo que sólo yo sufría, que si callaba, que si olvidaba, si era capaz de olvidar, todo volvería a ser como antes. Me equivoqué.

Me he equivocado mucho, y muy fuerte. Tanto, que el resto de las decisiones que tomé o dejé de tomar ni las juzgo. No encontrando salida, huí, y en este punto me encuentro. Hace demasiado poco que la dejé morir, a aquella a la que había estado cuidando, mimando, formando, enseñando y dejando que se llevara los disgustos necesarios, dándole la esperanza para seguir luchando, a la que había otorgado un mundo que sólo a ella pertenecía, a la que di armas e instrumentos, aún cuando nada tenía. La dejé morir.

No sé cuándo ni cómo morí, simplemente pasó. De repente ya estaba muerta.

Y entonces renací, mayor, más fuerte, más independiente -aún-, más loca, más sosegada, y todavía bastante yo, aunque renovada. Renací en otra ciudad, con otra gente y recuerdos de una vida pasada a la que no regresar jamás – nunca digas nunca jamás -. Renací alegre, casi diría que feliz, y ahora vivo cada día de mi nueva vida contenta por haberme rehecho.

Los aniversarios se hicieron para recordar, yo aún recuerdo.