Me estaba costando muchísimo volver, y no entendía porqué, sólo sabía que estaba cansada, muy cansada, y que no podía más. Ni siquiera me daba cuenta de que ese era su propósito, y de que lo estaban consiguiendo.
La guerra comenzó hace meses, luchaba en cada batalla, y consumía mis fuerzas, defendiendo principios que no existen e ideas inconcebibles. No era consciente de que había guerra, ni de porqué tenía que luchar tanto, sólo seguía haciendo lo que creía que tenía que hacer.
La última batalla fue la más sangrienta, mi ira se abría camino hasta que estalló, y entonces abrí los ojos.
En la llanura luchaban, demonios y pobres diablos aliados, matándose los unos a los otros, y adorando a demonios que siempre tienen poder, adorando al demonio que más poder tiene en este mundo. Y allí estaba yo, con ropas poco adecuadas, una espada a dos manos demasiado grande para mí, luchando contra unos y otros sin sentido.
Les planté cara, a los que hacían llamarse generales, a los mayores adeptos al peor de los demonios, a los que yo estaba siguiendo porque hace meses que me vendí. No tener lealtad, es ser mercenario, y ser mercenario y guardarle lealtad suprema al peor de los demonios. Y yo, me vendí, y me convertí en mercenaria.
Esta no es mi lucha y no seguiré luchando, que se maten entre ellos si quieren, yo seguiré mi camino. No sé qué ocurrirá a partir de ahora pero esta guerra no merece mi sufrimiento y mi cansancio.