Llevo mucho tiempo pensando que quiero escribir algo, incluso tengo algunas historías a medio acabar en mi cabeza, pero no es suficiente. Y como siempre, me he quedado pensando sobre el por qué.
Cuento historías cuando me faltan palabras para expresar un sentimiento que es más grande que yo. Escribo cuando no tengo fuerzas para enfrentarme al presente. Describo situaciones, entornos, reacciones, para poder representar una realidad que no entiendo. Imagino cuando quiero gritar.
No me gustaba luchar, es simplemente lo que tenía que hacer, siempre he sido demasiado débil para rendirme. No pensaba dar la razón a ninguno de los que tan insistentemente intentaban que me comportara como una adulta. Y mantenía mi rinconcito de angustia, desesperación, rebelión que sólo un adolescente puede tener. Siempre seré una adolescente, eso es algo que no voy a cambiar.
No me gustaba luchar, en serio, no me hizo fuerte, ni mejor, ni más dura, pero me agarraba a la lucha porque era lo único que tenía.
Soy feliz. No puedo evitar reirme, es un chiste interno, no espero que lo entendáis. Pero creedme, tiene su gracia.
Yo no he cambiado, y posiblemente el mundo tampoco. Ahora soy más yo, he hecho las paces con la niña gordita, alérgica y empollona, he llegado a un trato muy razonable con la adolescente hormonada, sigo admirando a la post-adolescente pseudogótica con graves problemas de autoestima, y estoy aprendiendo a conocer a la mujercita más vieja de lo que parece y mucho más de lo que le toca.
Se acabó la lucha. Nada ha cambiado. Simplemente, soy feliz. Y realmente la ironía tiene gracia.